IX
El chapoteo de unas pisadas retumbaba por el oscuro pasillo de piedra. ¿Por qué está el suelo mojado? No importa. El camino se dividió en dos. El pasillo se retorcía a la izquierda, como una serpiente, y en la más completa oscuridad traqueteaba la sonrisa del hombre de la carretilla. Del fondo del camino de la derecha, llegaban desde lo lejos, sobrecogedores rayos de luz. Flotaba en un líquido caliente, girando, muy rápido. Se paró y delante de él aparecieron tres esferas verdes cristalinas. ¿Cuál? Abrió con pereza los párpados y, despacito, las esferas se convirtieron en borrosos números. El mediodía entraba como podía a través de las rendijas de las persianas. Daisuke se levantó torpemente y tiró de la cuerda de la persiana, dejando entrar el furioso torrente de luz que, ansioso, había estado esperando la oportunidad para entrar y explorar el desorden de la habitación; la ropa invadía la mayor parte de las superficies que los platos de la cena no habían logrado ocupar. Agitó un poco el ratón sobre la mesa para desperezar a su mejor amigo, quien despertó al instante mostrándole el escritorio. Abrió su carpeta de mensajes y una sonrisa afloró, natural. Ahí estaba. “A las 12 en el parque de siempre, donde siempre. No llegues tarde. Besos.” Era un mensaje de “Rukia” -seudónimo con el que había conocido a Clara, a través de uno de los múltiples portales sociales que abundaban por la red-, escrito en su habitual forma telegráfica de redactar. Se puso las gafas y pestañeó. Se las quitó, las limpió un poco con su camiseta y se las volvió a poner. Ahora todo volvía a ser nítido. El reloj marcaba las 9:42. Aún le quedaban 9 cuartos de hora para estar allí. El parque en cuestión estaba a cuarenta y cinco minutos en tren, mas quince de bajar a la estación y diez de subir al propio parque. Eso sumaba una hora diez minutos, frente las dos horas diecisiete minutos que le quedaban. Tenía tiempo de sobra para ducharse, desayunar y acicalarse frente al espejo hasta sentirse satisfecho. O quizá… ¡no! desechó la idea, furioso consigo mismo; apagó el ordenador para evitar volver a sentirse tentado. Se abrió camino con el pie hasta salir de su habitación, atravesó el umbral de la puerta del baño y abrió el perno de la ducha.
El paisaje traqueteaba al otro lado de la ventana del tren. Daisuke, apoyado contra ella, se aislaba por completo del resto de personas que viajaban en el mismo vagón que él; caras aburridas por lo rutinario del viaje y a las que el estudiante estaba acostumbrado hasta el hastío. La misma expresión que tenía el hombre encapsulado en traje que tenía en frente la podía encontrar en el resto de caras del vagón, de la calle, de las tiendas… El rostro de aquel hombre en cuestión se deformó unos instantes. Primero miró su reloj, después brevemente por la ventana, descansó un momento en los ojos de Daisuke, para después bajar y escrutar su ropa algo desgastada y desarreglada y adornada con una cadena y pulseras de pinchos, acompañaron su gesto de desaprobación y volvieron a fijarse en ese punto en el infinito que observaban todos siempre; algunos con angustia y otros, como este hombre en cuestión, con aburrimiento. Una voz anunció la siguiente parada.
Mientras caminaba por el andén Daisuke meditó unos instantes sobre lo patético de la actitud del hombre del vagón. Anónimo al igual que los demás e idéntico a todos ellos, sin destacar de ninguna manera y aun así se tenía el valor de juzgar el aspecto exterior de otros. Seguramente cuando llegue a su casa lo mas interesante que tendrá para contarle a su mujer y quizá a su hijito modelo sea lo mal vestido que iba ese “macarra de mierda que no da palo al agua” del vagón del tren. Bah, es mejor ser eso que un hombre aburrido que se limita a llevar dinero a casa para que su hijo pueda gastarse la paga en drogarse a escondidas con sus amigos y a ignorar que su mujer le pone los cuernos por puro tedio ya que sabe que si se divorcia de él no tendrá ningún tipo de apoyo por parte de su familia y que sus “amigos” y “amigas” no solo le darán la espalda enseguida si no que sacarán a relucir todos los trapos sucios que llevaban guardándose todos esos años de rencillas y envidias, puesto que se mantienen a su lado por puro esnobismo; por el “éxito” y “fama” del marido. Aparentar, eso es lo único que os importa, capullos. Seguro que ni siquiera se acuerdan de tu cara en el trabajo. Desde luego Daisuke no lograba recordar el rostro del hombre cuando salió de la estación a la luminosa calle.
Aquel parque tenía un brillo especial que los demás no tenían. Rodeado de una alta valla de hierro decorada con enredaderas, recibía a sus visitantes obligándoles o bien a flanquear una de las dos inmensas y majestuosas puertas que ahora daban la bienvenida a Daisuke, o a entrar en barca tras un tranquilo paseo por el río. El sol se reflejaba en las copas de los robles y los chopos, añadiendo una sensación de aureola a todo el conjunto. El joven se detuvo unos instantes solo para respirar aquel aire, algo menos viciado que el puertas afuera. El camino gris de losas de piedra le llevó hasta una gran fuente en cuya cúspide se alzaba poderosa una Minerva, portando orgullosa su escudo y lanza, ataviada con la égida, cubierta la cabeza con un casco. Y debajo de aquella deslumbrante imagen le esperaba otra mas desconcertante aún. Una brisa. Unos ojos azules se apartaban con una mano el mar de pelo oscuro que se movía a merced del viento, descubriendo una sonrisa que a los cuatro pasos pronunció:
-Hola “Harvey”, llegas tarde.






