Capítulo 2. Hasta dentro de una semana aproximadamente no tendré la segunda parte.
2 – Recuerdos
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Era la primera vez que el viejo me dejaba salir de su despacho lleno de dudas. Y era también la primera vez que me hacía trabajar en grupo. Sobretodo en un asunto tan importante. Quizás esto fue lo que salvó la autoestima del botones del ascensor, ya que estuve completamente inmerso en mis pensamientos durante todo el trayecto hasta lo que llamaba cariñosamente mi pequeña cueva. Llegué al portalón que servía de entrada al grupo de pequeñas viviendas en el que me alojaba y el rellano del segundo piso saludé alegremente a la simpática señora Matkins, que salía de su casa.
– Muy buenos días señora Matkins.
–¡Oh joven! Muy buenos días –Sonrió con su cálida sonrisa.
–¿A dónde va?
–Pues voy a la tienda, que me faltan cosas para la cena.
–Oh, pues si quiere me las apunta y se las compro yo, que enseguida voy al supermercado, en cuanto deje unos trastos en mi casa.
–Ja ja ja, ¡joven! Me estás insultando, no estoy tan anciana, ¡puedo yo sola!
–No digo eso señora Matkins, pero estoy seguro de que tiene muchas cosas que hacer y agradecería una pequeña ayuda. Le aseguro señora que no es ninguna molestia para mí.
–Oh, está bien, si insistes en hacerme el favor…
Me dictó una pequeña lista de alimentos y la apunté en mi agenda. Me despedí de ella mientras desaparecía tras su puerta, donde la esperaba el único hijo que le quedaba y subí las anchas y sucias escaleras para llegar a mi propio hogar. Tras mi propia puerta me esperaba la misma mugre que dejé al salir. O quizás no. Había algo enrarecido en el aire. Avancé por el pasillo con precaución, procurando no hacer ruido, mi cuchillo listo para contraatacar. Entré en mi pequeño salón y me relajé. Guardé el cuchillo. Solo era ella.
–Quieres algo. –No era una pregunta.
–¿Siem…siempre tienes que ser tan antipático? –Dijo cansada y fastidiada. Antipático.
–¿Antipático? No estoy siendo antipático. Solo estoy constatando un hecho. –La muchacha soltó un suspiro y se recostó sobre mi sofá. Mi sofá. – ¿Bueno no me vas a dar ninguna buena excusa para que no te denuncie por allanamiento de morada? –Me echó una mirada furiosa y miró alrededor.
–Vertedero, querrás decir.
–¿A qué has venido?
–No has contestado a mi mensaje. –Ah. Eso.
–Bueno ¿y qué pretendías que contestara?
–¿No sientes siquiera algo de celos?¿Tan poco te importo que si te digo que me voy con otro ni siquiera reaccionas? –Así que era una broma. Bueno, ya me estoy hartando de sus jueguecitos.
–Oh dios, no empecemos.
–No, no empecemos no. ¿Cómo puedes tratarme así? Como su fuese un muñeco o algo. –No empecemos. Me quité el abrigo y lo dejé sobre una silla, sacando antes las ganancias del día y depositándolas sobre la mesa. Escuché un ensordecido llanto proveniente del sofá. Suspiré y cerré la puerta tras entrar en mi habitación. No tenía ganas de batallar otra vez contra Don Amor. Me tenia frito. Me cambié de ropa y cogí mi mochila. Tras arreglar un poco mi rebelde pelo, salí. Ella ya no estaba ahí. Las memorias tampoco. Bah, ya las recuperare. Cogí un puñado de créditos y bajé a la calle. Durante todo este tiempo ella y yo habíamos estado echando un pulso imaginario. Ella para conseguir que nuestra relación funcionase y yo para que no me cogiera mucho cariño. Pero podía notar su sufrimiento, y aunque yo no me arrepintiese de ser el causante, no podía evitar sentir cierta pena al ponerme en su lugar. Ella trataba de aferrarse a un bordillo que ni siquiera existía y yo trataba sutilmente de hacérselo notar. Mientras hacia la compra, me llamó por teléfono. En la conversación que mantuvimos pude sentir su vértigo al mirar al fondo del abismo, pude oírla caer en ese precipicio en que caes cuando te das cuenta de que ahora te toca olvidarte de esa persona a la que has amado tanto y durante tanto tiempo. Cuando te das cuenta de lo injusta que es la vida, al amar transparentemente a alguien opaco. Cuando te das cuenta de cuánto hieren las mentiras, y de lo horrible que es vivir una de ellas. Me rasqué la barriga y pagué al cajero.
Llegué a casa de la señora Matkins y le entregué las bolsas con lo que me había pedido. La buena mujer me ofreció uno de sus deliciosos pasteles como agradecimiento y no pude decir que no. Tenía muy poca fuerza de voluntad cuando se trataba de los pasteles de la señora Matkins. Eran una delicia. Subí a mi casa a dejar mi propia compra y el preciado manjar, dejando también de paso mi pesado abrigo, ya que había salido el sol. Bueno, lo que quedaba de él. Me rasqué la cabeza enfrente del espejo y decidí que debía cambiar de peinado. Y afeitarme. Se acercaban las cuatro de la tarde y a y media había quedado con mí ahora ex novia para que me devolviera las memorias. Ella vivía en la calle 230. Tardaría unos veinte minutos en llegar. Cogí mi mochila y salí al vuelo, ya que quería comprar algo de comer por el camino. No me apetecía cocinar. Entré en un restaurante de comida rápida y compré una delicia de pan y carne que degusté de camino a la calle 230. Mientras me apresuraba por la calle no pude evitar mirar arriba y ver uno de los pocos pájaros que lograban sobrevivir en el desierto de asfalto; ví como, majestuoso, alzaba el vuelo hacia un mundo con el que los peatones que, al igual que yo, habían alzado la cabeza para admirarlo, absortos, ni siquiera podíamos imaginar; un mundo en el que basta dar un par de aletazos; un mundo en el que es fácil ser libre y feliz. Una vez hubo desaparecido, la gris monotonía se encargó de devolvernos a la abstracta realidad que los horarios a cumplir habían creado.
Llegué al portal y apreté el botón que me comunicaría con su casa. No sonó. Volví a apretarlo. El comunicador no funcionaba. Me acerqué a la puerta y la empujé. Se abrió sola. Que raro. Subí corriendo los cinco pisos hasta su puerta y traté de abrirla. Estaba sellada. ¡Mierda! ¿Qué pasa?. Saqué mi pequeño instrumento del bolsillo, saqué el micrófono, lo pegué en la pared y escuché a través del auricular lo que pasaba en el interior. El sonido me llegaba muy apagado. Subí el volumen y me apreté el audífono a la oreja. Un ligero forcejeo de alguien atado, llorando y gritos de un varón. Suficiente, voy a entrar. Mi instrumento multiusos, como todo buen instrumento multiusos que se precie, tenía un pequeño módulo para forzar cerraduras. Sin embargo, no funcionó, la puerta estaba bloqueada por dentro. Suspiré y pensé. Me palpé la chaqueta y saqué la batería de mi PDA, arranqué con ayuda del cuchillo el teclado de la puerta y usé los cables para cortocircuitar la batería. Mientras me ponía a cubierto me llegó por el audífono una explosión, dentro del piso. Segundos después estalló mi batería, la puerta salió volando, empuñé fuertemente el cuchillo y entré corriendo. Ella estaba sentada en una silla, su tórax se apoyaba en el respaldo mientras que su sangre y entrañas cubrían las paredes de la estancia. Llegué a tiempo para ver una sombra deslizarse por la ventana. Corrí hacia ella, pero al asomarme lo único que pude ver fue el inmenso edificio de enfrente y la multitud que caminaba abajo, en la calle. Me di la vuelta y vi sus ojos, apagados, mirar el techo. Me giré bruscamente hacia la ventana mientras me mordía el índice derecho. Todavía tengo la costumbre de morderme el índice derecho cuando recuerdo algo que no me gusta.
Saqué el móvil y llame a la gendarmería para informar de un asesinato. Por una vez no había sido yo el autor. Volví a mirar el cadáver y me sentí observado. Los vecinos se agolpaban en la puerta, horrorizados.
-¿Qué ha pasado?- Preguntó la temblorosa voz un hombre rollizo, de tez morena y barba. Caminé lentamente hacia él mientras me miraba con los ojos muy abiertos, estupefacto. Lo aparté de un empujón y salí, mientras me preguntaba porqué la habían matado. Y además de esa forma. Haciéndola tragar un puñado de pequeñas granadas accionadas a distancia. Los profesionales lo llamábamos “relleno feliz”. Los profesionales nos traemos mucho cachondeo. Me apoyé con las manos en la pared, de cara a ella y pensé en lo bien que me sentaría una cerveza. Quizás tenía deudas y no podía pagarlas, pero eso no sonaba a algo que pudiera pasarle a ella. Un gendarme me sacó de mi ensimismamiento con adecuado “¿Señor?”. Le miré. Me miró. Le mire de arriba a abajo. Él me miró a los ojos.
-¿Está usted bien?
-Sí, ¿Por qué lo pregunta, joven?- Me encantaba llamar “joven” a los gendarmes. Éste se echó ligeramente hacia atrás y miró por encima de mi hombro.
-Bueno, hay un cadáver ahí mismo.
-Quizás sea un diorama.-El gendarme me miró con muy mala cara.
-Supongo que querrán mi declaración- Supuse en alto.
-Por ahora nos va a acompañar. Todavía no sabemos si es usted el asesino o si tiene algo que ver con ello.-Cómo odiaba a los policías y a sus presunciones. Apreté el puño.
-Cuando entré la muchacha ya estaba muerta.
-¿La conocía?
-Sí.
-¿De qué?
-Es personal.
-Está bien, pero tenemos todavía que…- Fue interrumpido por un hombre alto, con el uniforme de sanidad y salud pública y una extensión ocular médica. Portaba además los galones de la unidad forense. Sacó un gran pañuelo de su bolsillo y se frotó la nariz con él.
-¡Atchús! Bien, ¿Dónde está el misterio?-Me caía bien ese tipo. El gendarme intentó hablar pero le interrumpí.
-Disculpe pero estoy siendo acusado…
-¡Acusado no!-Saltó en seguida el policía, la cara roja. Entorné los ojos.
-…estoy siendo puesto en entredicho por el sencillo echo de que entré a rescatar a una dama y los asesinos lograron huir. Si determina que no la maté, ¿Podré irme? Tengo mucho trabajo que hacer.
-Si, si, supongo. Me pondré enseguida a ello.
Me ofrecieron sentarme mientras me hacían un rápido reconocimiento médico. Con un polígrafo portátil comprobaron rápidamente que no mentía al afirmar que no la había asesinado. Veinte minutos más tarde el forense confirmó que la mujer había muerto antes de que entrara.
-¿Puedo irme ya? ¿O todavía no he satisfecho su curiosidad? Tengo prisa.-El gendarme me miró con cara de haber sufrido la típica broma mañanera de la sal en el café.
-No me gustan ni su peinado ni sus bromitas.-Ya decía yo que tenia que cambiar de peinado- Déjenos su numero de identificación y le llamaremos a declarar más tarde si tanta prisa tiene.-Se lo di y me fui esquivando estupefactos agentes que murmuraban cosas sobre atrocidades, dejando un rastro de pisadas manchadas de sangre, llevando las memorias en un bolsillo y con mucha hambre. Y había un pastel esperándome en mi despensa.







5 Comentarios
Que macabro eres tronco. ¿Tu te crees que una persona puede reaccionar así de calmada tras ver algo así?
Que macabro eres tronco
Eres un sádico mi querido drugo, pero me encanta.
Seguro que toda la culpa es del peinado… XD
Me apuntaré éso del relleno feliz, puede ser muy útil.
Oye esta muy bien!!
Me gustan los personajes así de fríos y herméticos… qué pena que no sintiera nada por ella. Me recuerda a varias situaciones xD.
Tienes que seguirlo pronto, te lo ordeno u.u y recuerda que no me puedes rechistar porque soy tu prometida.
^^
qué macabro!
pero me encanta
tienes que seguirlo, por favor *.*
besos cuidate!^^